miércoles, 10 de diciembre de 2014

BIELOMORKANAL (Editado originalmente el 8/3/2012)


La historia de la Unión Soviética desde su revolucionario inicio hasta su lamentable y lógico final, está basada en la miseria, el terror, la mentira y la muerte. El número de personas asesinadas en ese  dilatado período de lo que iba a ser el Paraíso del Proletariado fue incalculable, pero fueron millones de seres humanos, seguro. Las condiciones de vida y trabajo eran absolutamente inhumanas. Los bolcheviques no tuvieron reparos en enviar a sus prisioneros a los peores campos de trabajo que podamos imaginar. La climatología acababa de cerrar el terrorífico circuito para los desgraciados que caían en las garras de esos asesinos.

Os incluyo el excelente artículo aparecido hoy en Libertad Digital, escrito por Fernando Díaz Villanueva, titulado “El Canal del Fin del Mundo”, sobre una de las obras públicas monstruosas llevadas a cabo por el régimen de Stalin a costa de más de 100.000 muertos y que, como es obvio, no sirvió para nada. Bueno sí, para crear una marca de cigarrillos infumable que se llama como la obra “Bielomorkanal”. Los campos soviéticos tenían su propio lema irónico a todos los que allí llegaban para ser “reeducados”: “Cheries trud Domoi” (El trabajo es el camino hacia el hogar). Pero leamos el excelente artículo de Díaz Villanueva.

En 1926 se publicó en Londres un revelador libro sobre las condiciones inhumanas de vida que imperaban en los campos soviéticos de trabajo esclavo. Su autor era un antiguo oficial del ejército blanco llamado Soserko Malsagov que había conseguido escapar del campo de las Solovki. El libro, que llevaba por título An island hell, era un sobrecogedor relato sobre los excesos penitenciarios del bolchevismo que acababa de instalarse en el poder.
 
El testimonio de Malsagov caló hondo entre buena parte de la opinión pública. A los industriales británicos, sin embargo, no les conmovía tanto la infamia de los campos como el hecho de que Stalin los estuviese utilizando para ganar una ventaja competitiva en el mercado mundial. La URSS, que acababa de salir de dos devastadoras guerras, estaba necesitada de divisas, sobre las que pudiese asentarse y prosperar su despótico Gobierno. A falta de mejores productos, vendían lo que tenían a mano, básicamente madera, muy abundante en Rusia, casi tanto como la mano de obra forzada con la que los planificadores contaban para talar los interminables bosques de Siberia.
 
Se extendió entonces por Europa y Estados Unidos la idea de promover un boicot a los productos rusos por razones humanitarias. En América la iniciativa pronto se vio bendecida por el éxito. En 1930 el Congreso aprobó una ley que impedía la importación de mercaderías provenientes de la Unión Soviética que hubiesen sido producidas por presos condenados a trabajos forzados. Estados Unidos era el primer importador de madera del mundo, por lo que aquel incordioso boicot suponía un importante perjuicio económico para las arcas del Kremlin.
 
Stalin, muy sensible a las campañas de propaganda adversa, ordenó que todos los presos políticos abandonasen de inmediato las explotaciones forestales. Para demostrar al mundo su buena voluntad, organizó una expedición de periodistas occidentales para que lo comprobasen in situ. Y era cierto, los presos –al menos los políticos– ya no estaban allí. Habían desaparecido por completo. ¿Acaso al ogro georgiano se le había reblandecido el corazón y los había liberado?

No, nada de eso. Una vez recuperado el crédito internacional, el Padrecito de los Pueblos concibió un proyecto colosal, digno de un faraón egipcio, que le devolviese la buena prensa de la que disfrutaba sólo unos años antes. El pueblo soviético, es decir, él mismo, iba a hacer realidad un sueño centenario: unir el mar Báltico a la altura de Leningrado con el mar Blanco, un apéndice del océano Ártico donde se encontraba el activo puerto de Arjangelsk.
 
Era una obra realmente titánica. Entre los dos mares había más de 200 kilómetros de puro granito en varios niveles, lo que obligaría a construir multitud de esclusas. A los inconvenientes geológicos se sumaban los climáticos: la región donde habría de excavarse el canal, la Carelia rusa, es uno de los lugares más fríos y desapacibles del globo. Para colmo de males, no había ciudades en la zona. Todo se tendría que llevar desde fuera, empezando por los trabajadores.
 
Y hasta allí fueron a parar los esclavos de los bosques y los llamados "desterrados especiales", una categoría de presos políticos cuyo inevitable final era morir trabajando para la revolución.
 
En total, unos 170.000 hombres fueron trasladados hasta la taiga de Carelia. Una vez allí tuvieron que levantar con sus propias manos casas de madera para guarecerse y construir los caminos por donde transitarían las carretas con el material de la obra. Porque el canal del Mar Blanco, que poco después de ser anunciado ya llenaba las páginas de los periódicos de todo el mundo, habría de hacerse de un modo casi artesanal, sin recurrir a los avances de la ingeniería moderna. Esto era así porque la flamante Rusia soviética, envidia y referente de la izquierda mundial, estaba en bancarrota. En cambio, disponía de una reserva de mano de obra prácticamente inagotable. Pero eso en Occidente no se sabía... o no se quería saber.
 
La magnitud del proyecto, lo inadecuado del lugar y la precariedad de medios indicaban que el canal del mar Blanco o Belomorkanal tardaría una década en concluirse. No era esa la idea de Stalin, que pretendía dar una lección sobre lo que era capaz de conseguir el denostado bolchevismo. En un discurso anunció al mundo que se concluiría en sólo 21 meses. Menos de dos años en los que una taiga granítica salteada por lagos y pantanos se convertiría en el canal más moderno del mundo. Eso implicaba asumir muertes, muchas más de lo que era habitual en los campos de trabajo ordinarios.
 
Al final terminó siendo una auténtica matanza: aproximadamente 100.000 obreros perecieron durante su construcción. La mayor parte, de frío y hambre; otros, de agotamiento, por accidentes laborales o por enfermedades como el escorbuto, que arrasó buena parte de los campamentos durante el invierno de 1932. No importaba demasiado. Los cadáveres se enterraban y pronto había un sustituto recién llegado que se hacía cargo de un trabajo que trituraba a cualquiera. Debido a la falta de medios, la excavación se hacía a pico y pala, los escombros se retiraban en carretillas de madera y los bosques se talaban con simples serruchos de mala calidad.

Los ingenieros no pasaban hambre ni privaciones, pero vivían con el miedo metido en el cuerpo. Tenían orden de que el canal estuviese operativo y abierto al tráfico en el verano de 1933. Si no lo terminaban para esa fecha su vida pasaría a no valer nada. Impelidos por la necesidad, introdujeron elementos del odiado capitalismo para aumentar la productividad. El que más trabajase comería más y mejor. En los comedores se colocaron carteles encima de las mesas de los más productivos que decían: "Para los mejores trabajadores, la mejor comida". Los que no llegaban a las cuotas marcadas se sentaban en mesas sobre las que pendía un amenazador cartel: "Aquí comen la peor comida: los refractarios, los haraganes y los vagos".
 
Muchos, por una simple cuestión de edad, iban desde la mesa de los vagos directos al hoyo, porque el trabajo era tan exigente que la supervivencia dependía en gran medida de las calorías que se ingiriesen a diario. Muchos morían desnutridos en la misma obra o sucumbían ante la más leve enfermedad por tener el sistema inmunológico devastado, por la suciedad en los barracones o por los malos tratos de los capataces. Pero el individuo no era importante, sino la inquebrantable voluntad del líder.
 
Conforme avanzaban las obras, la campaña propagandística se intensificó. Una vez terminado, el canal iba a llevar el nombre del mismo Stalin. Los intelectuales del régimen, dirigidos todavía por Maxim Gorki, se volcaron con el proyecto sin escatimar alabanzas y parabienes poéticos que abundaban en la dicha del socialismo y la redención mediante el trabajo. Para que todos los rusos recordasen nítidamente esta obra fundacional del espíritu soviético se lanzó una marca de cigarrillos llamada Belomorkanal, que emponzoñó los pulmones de varias generaciones de rusos... y que aún hoy sigue existiendo.
 
El canal del mar Blanco fue terminado en el plazo impuesto por Stalin, que lo inauguró con gran pompa en agosto de 1933. Se había hecho deprisa y mal, pero eso era lo de menos. El imperio soviético podía sacar pecho ante el mundo, mostrar los poderes de una revolución para la que no había desafíos imposibles. Pocos sabían que, debido a la tecnología empleada, el canal sólo calaba tres metros y medio, lo que imposibilitaba que buques de gran tonelaje lo transitasen. Por su latitud extrema, de octubre a mayo permanecería cerrado a causa del congelamiento de sus aguas. Los acorazados de la flota del Báltico y los grandes mercantes no podrían internarse en él, por lo que tendrían que seguir circunnavegando Escandinavia para ir de Leningrado al Ártico.
 
La propaganda soviética y los siempre solícitos repetidores de consignas con los que contaba en Occidente lo vendieron como uno de los grandes logros de la humanidad, pero lo cierto es que el canal servía de bien poco. Durante mucho tiempo se pensó que sus defectos técnicos se debían a errores de planificación y a la premura con la que se construyó, pero no, el desdichado canal del fin del mundo nunca se hizo para ser navegado. La lógica soviética no era esa, sino la del trabajo esclavo y la propaganda como genuinos pilares de la sociedad. Pocas veces se vio tan claro como en ese inmenso cementerio travestido de canal del que ya nadie se acuerda.

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