martes, 5 de mayo de 2015

UN GRAN MÚSICO: WILHELM FURTWÄNGLER


Hoy me gustaría hablar sobre uno de los grandes directores de orquesta que han existido, de más sólida formación musical y compositor de éxito: Wilhelm Furtwängler. Fue un director de orquesta ya reconocido en vida y sobre todo después de su muerte acaecida en el año 1954. Su etapa el frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín que dirigió desde 1922 hasta 1945 y retomada de nuevo a partir de 1950, opino que no ha sido superada.


 
Como muestra de su grandiosidad al frente de la orquesta, tenemos varias biografías escritas e incluso una exitosa obra teatral en Broadway, titulada “Taking Sides”(1966), que nos muestra su purgatorio de “desnazificación”. También la creciente ventas de sus grabaciones en CD muestran el interés intemporal por este gran músico. Podemos encontrar las llamadas “Sociedades Furtwängler” en varios países como Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, etc. Sin embargo en el caso norteamericano, todavía su reputación es motivo de polémica.
 
La historia nos indica que cuando Hitler logró el poder democráticamente en Alemania en el año 1933, muchos músicos judíos abandonaron el país, entre ellos Arnold Schönberg, Bruno Walter, Otto Kemplerer. Sin embargo, la mayoría de los músicos se quedaron y entre ellos muchos con grandes cualidades, incluso incrementando sus capacidades. Creo que además de Richard Strauss, fue Furtwängler el músico de mayor proyección que se quedó y colaboró con el nuevo gobierno. Por ello, cuando se habla de él, incluso hoy, se discute su papel y el de su arte bajo Hitler y sobre todo, de la relación del arte y la política. Es un dato saber que Furtwängler nunca fue miembro del partido nacionalsocialista, como sí fue su rival Herbert von Karajan.
 
Creo que en todo este asunto, yo definiría a Furtwängler del que conozco su obra, como un profundo nacionalista, alejado de la política, que se nutrió de la sólida inspiración popular de su patria y de la música alemana como consecuencia. Por ello, la simple idea de irse de Alemania cuando Hitler llegó al poder, era algo que estaba fuera de lugar en la mente del director. Podríamos considerarlo como alguien de la “vieja Alemania” y creo también que celebró como sus compatriotas, el final de el infame régimen democrático llamado República de Weimar, que abarcó desde 1918 hasta 1933. Es muy clarificador que Furtwängler fuese el director elegido para dirigir la orquesta el llamado “Día de Potsdam”, en el que Hindenburg pasó el poder al recién llegado Hitler, el 21 de Marzo de 1933 en la Garnisonkirche (intacta y destruida tras la guerra por los vencedores...). Ese día Furtwängler dirigió la obra de Richard Wagner “Los Maestros Cantores de Nuremberg”. Debió ser muy emocionante.
 
Es interesante conocer que Furtwängler tuvo un serio conflicto con el Ministro de Propaganda Joseph Goebbels sobre la dirección artística e independencia de su orquesta de la Opera Estatal de Berlín, hasta el punto que Furtwängler dimitió de sus cargos en 1934. De todas formas, rápidamente se logró un acuerdo y se le permitió independencia en su trabajo. Desde entonces y hasta el final de la guerra, continuó la dirección de la orquesta con gran éxito interna y externamente de Alemania. Eso incluyó un exitoso tour por Inglaterra en 1935. También fue director invitado de la Filarmónica de Viena en 1939 y 1940 y del Festival Wagneriano de Bayreuth. Dirigió muchos conciertos de soporte al esfuerzo de guerra alemán y fue vice-presidente de la “Cámara Musical del Reich”, la asociación alemana de músicos. La influencia en la vida musical europea de Furtwängler no disminuyó jamás e incluso se incrementó durante el III Reich.
 
Es curioso que para los norteamericanos, un pueblo absolutamente condicionado a pensar y creer que no se pudo lograr ningún mérito artístico o cultural durante ese periodo de Alemania, decir la frase “Arte Nazi” es como un contrasentido. Sin embargo, parece que algo va cambiando en la historia y aunque de forma lenta, se van aceptando avances en esos campos en ese período histórico. Muchas revistas culturales y de arte empiezan a dar un relieve y a poner en su sitio las obras de artista alemanes de todos los campos que siguieron en Alemania y siguieron con su trabajo sin problemas. Para ver esto, recomiendo dos obras/estudios que tratan de forma exhaustiva sobre Furtwängler y otros artistas defendiendo su postura: “Trial of Strenght” de Fred K. Prieberg y “The Devil’s Music Master” de Sam Shirakawa. Ambas obras son del máximo interés para entender que fue la vida cultural en el III Reich y el lugar de los artistas en el mismo.
 
Los artistas que huyeron de Alemania dijeron, creo que con una soberbia fuera de lugar, que sin ellos la vida cultural alemana se derrumbaría. Creían que el régimen de Hitler sería un ardiente y autoritario estado, sin vida cultural de ningún tipo. Se consideraban no sólo irremplazables, sino que su marcha llevaría a Alemania al colapso y el régimen se extinguiría rápidamente sin ellos. El tiempo demostró que no fue así. Y si bien al principio fue una sorpresa la partida de esos artistas, también es cierto que la vida cultural y musical en particular siguió con Richard Strauss, Carl Orff, Karl Böhm, Hans Pfitzner, Wilhelm Kempff, Elizabeth Schwarzkopf, Herbert von Karajan, Anton Webern, y Furtwängler, que siguieron produciendo con unos estándares altísimos. Me atrevo a decir que la vida cultural floreció como nunca en Alemania.

Se puede llegar a la conclusión de el que el Nacionalsocialismo se veía a sí mismo como el guardian de la herencia cultural. Por ello, sus dirigentes y su forma de actuar veían el arte en general y la música en particular, como una expresión profunda del alma alemana, incluso de su carácter e ideales de vida. Consiguiendo éxitos y el aprecio del arte, se consideraba que ayudaban a la alegría del pueblo, de su orgullo y de su unión en un objetivo común. Esto puede explicar su oposición frontal al liberalismo, las tendencias modernistas en la música y otras expresiones del arte, como un ataque degenerado contra las tradiciones culturales y espirituales de Alemania y Europa.
 
La Alemania de Hitler hizo prodigiosos esfuerzos para hacer avanzar la música y otras especialidades artísticas, con el objetivo de revitalizar la vida cultural nacional. Por ello, no sólo se aumentaron las partidas presupuestarias para las grandes instituciones culturales alemanas, sino que se avanzó mucho en las grabaciones por radio y otros medios, para difundir la música entre la población. Como muestra, el gobierno alemán en su esfuerzo por acercar el arte al pueblo, fue eliminando el aspecto snob o de clase alta de la música. La música era para todos y sobre todo para las familias y no sólo música clásica, sino ligera y popular del tipo que se podía escuchar en Inglaterra o los Estados Unidos. Era música que se oía por la radio y en películas de gran éxito , especialmente durante los años de guerra. La persona que desarrollo este acercamiento y popularización del arte fue el ministro Joseph Goebbels.
 
No había otro líder político en la época que tuviese más interés, ni conocimiento del arte como Hitler, que recogiendo la herencia musical la puso al servicio de la nación como parte del “alma” alemana. Creo que la fama creada de que Hitler era un artista frustrado, es inmerecida e injusta. Como dice John Lukacs en su libro “The Hitler of History”, queda claro que era un hombre de auténtico talento artístico y un excelente criterio sobre el arte. El Führer reconoció de inmediato el talento de Furtwängler y entendió lo que significaba para Alemania y la música alemana en particular. Y defendió a Furtwängler frente a otros jerarcas del gobierno que no estaban de acuerdo con su independencia en su trabajo, siendo el director de orquesta más apreciado por Hitler. Del mismo modo que Hitler defendió a Max Lorenz y la soprano wagneriana Frida Leider, ambos casados con judíos. Su importancia cultural estaba por encima de criterios de raza o política.
 
Tras la guerra en Europa, un año y medio después concretamente, Furtwängler fue llevado ante un humillante tribunal de “desnazificación”. Fue una farsa ya que buena parte de la información vital para el proceso fue rechazada tanto por el mismo tribunal como por la defensa. Parece que las fuerzas de ocupación querían “capturar” al famoso director de orquesta como parte de su propaganda. A pesar de todo ello, el tribunal y su mala praxis no fueron capaces de establecer una causa creíble contra Furtwängler. Poco tiempo después, el director fue invitado a dirigir la Sinfónica de Chicago. 

Al conocer la invitación, el lobby cultural judío lanzó una intensa campaña para que no se llevase a cabo la invitación. Además del New York Times, se sumaron los músicos judíos Artur Rubinstein y Vladimir Horowitz y la crítica neoyorkina judía Ira Hirschmann. Como indican Shirakawa y el escritor Daniel Gillis, la campaña utilizó falsedades, insinuaciones y amenazas de muerte. Sólo el famoso violinista judío Yehudi Menuhin defendió a Furtwängler. Las brutales presiones lograron que Furtwängler retirase su participación. El padre de Menuhin denunció la situación sin complejos diciendo que Furtwängler “había sido víctima de rivales envidiosos y celosos con capacidad en los medios para calumniar y expulsarle de America”.
 
El III Reich es habitualmente demonizado en nuestra sociedad hasta el punto que reconocer cualquier éxito cultural se ve como la defensa del fascismo y el peor de los pecados, el antisemitismo. Pero el profesor John London sugiere en su ensayo en The Jewish Quaterly titulado ¿Por qué preocuparse de la Cultura Fascista? (1995), que es una actitud simplista y que no responde a los logros conseguidos en regímenes de ese tipo. Y pone como ejemplo el trato a los artistas dado por el régimen de Hitler, comparado con el de la Rusia Soviética a los suyos. Además, mientras que se castiga a los artistas que se quedaron en su país bajo Hitler, no se hace nada contra los artistas que colaboraron con los comunistas.
 
Nadie en su sano juicio denigraría a los artistas y escultores de la antigua Grecia porque glorificaban una sociedad apenas democrática. Nadie critica a los constructores de la catedrales durante la Edad Media por que era una sociedad dogmática y jerarquizada. Nadie mínimamente cultivado atacaría a Shakespeare porque vivió en una Inglaterra muy nacionalista y anti-judía. Nadie criticará a los extraordinarios compositores de la Rusia de los Zares porque prosperaron en un régimen autocrático. Eso me lleva a pensar que los grandes logros artísticos y culturales de la humanidad, generalmente se han producido en sociedades no democráticas, raramente en sociedades liberales o igualitarias.
 
Por ello, viendo de cerca la carrera de Furtwängler, ésta nos revela hechos actualmente considerados “políticamente incorrectos” sobre el papel del arte y los artistas en el III Reich y nos recuerda que los grandes logros y creatividad no son productos exclusivos de las sociedades democráticas, muchas veces exactamente al contrario.


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